Cómo cambiar el mundo y echarte unas risas mientras

Hoy he descubierto a The Yes Men y me han gustado tanto que seguramente me pasaré días hablando de ellos. Es lo que hacemos los pesados, lo siento mucho, es lo que hay. Y os voy a contar de qué van estos tíos para que os gusten tanto como a mí y os paséis días hablando de ellos y seais tan pesados como yo. Mal de muchos…

The Yes Men es una organización activista (y con mucha recoña, ya que estamos) que se basa en el concepto de identity correction o corrección de identidad. Es decir, suplantan la identidad de alguien y corrigen su comportamiento. La gracia está en las personas suplantadas: portavoces de grandes empresass, representantes de instituciones poderosas, periódicos… Los engloban bajo la descripción “líderes y grandes corporaciones que ponen los beneficios por encima de todo lo demás”.

Les suplantan y ¿qué viene después? Hacerles decir la verdad, disculparse, asumir responsabilidades o simplemente hacerles quedar en ridículo diciendo el mayor disparate posible.

He aquí un ejemplo: hace un par de años, a los grandes empresarios de Estados Unidos se les debieron atragantar los cereales cuando la Cámara de Comercio de ese país anunció en una conferencia de prensa un giro de 180 grados a su política de oponerse a una serie de leyes en defensa del medio ambiente propuestas en el Cogreso. Leyes a las que se habían enfrentado con dureza, porque supondrían importantes pérdidas para las compañías, recibían ahora su aprobación. No solo eso: apoyarían un impuesto sobre las emisiones de carbono de la industria. Esa medida, decía el portavoz, aunque cara para las empresas, será muy barata en comparación con el desastre ecológico que supondría no implantarla y es responsabilidad de la Cámara estar a la altura de las circunstancias.

Lo dicho: la noticia en todas partes y empresarios atragantándose hasta casi ahogarse. ¿Pero qué dice ese hombre? ¿Pero cómo puede ser? ¿Es que no he pagado lo suficiente para parar esas leyes? ¡Qué es esto! Efectivamente, ¿qué era eso? Eso, desde luego, no era la postura real de la Cámara de Comercio estadounidense, que ni por un momento había contemplado la posibilidad cambiar de opinión. Y así se lo hizo saber a todas las cadenas de televisión, emisoras de radio y periódicos que comentaban la sorprendente noticia.

Era The Yes Men, eso es lo que era. Uno de sus miembros se había vestido de traje y corbata y se había puesto ante los periodistas en una sala de prensa alquilada por 500 dólares. Había pronunciado su conferencia, había soltado la bomba y se había quedado tan ancho. ¿Divertido? Desde luego, ver a los periodistas en televisión comentar la noticia con cara de asombro y leer en directo el comunicado real de una Cámara de Comercio más que cabreada tiene mucha gracia.

Pero además, consiguieron atraer la atención sobre un asunto que consideran vital: el cambio climático avanza cada día mientras la clase política no está por la labor (o simplemente no es capaz de ponerse de acuerdo) de aprobar una legislación que limite los desmanes de las industrias más contaminantes.

The Yes Men ha puesto en marcha y desarrolla en la actualidad muchos otros proyectos, e incluso ha rodado película (aquí está entera) sobre cómo “arreglan el mundo”. No dejéis de echar un vistazo a lo que hacen. Gente así cambiará el mundo. Y si no, seguro que se van a la cama con una agradable sensación sabiendo que lo están intentando.

Podría prometer que me quedaré, pero quién sabe.

De hecho, yo seguiría tejiendo felizmente en mi sofá y que le den a esto. Pero la actividad bulliciosa que he vivido hasta hace un mes y durante el último año y medio se dedica a mordisquearme el cerebro en cuanto me despisto. Que no sé qué hacer con mi tiempo, vamos. El paro me ha parado y me aburro. Sí, sí, tejer es fascinante, pero aún así me aburro a ratos. Y lo proclamo, porque me encanta quejarme. Y siempre hay alguien que dice: ¡Escribe, escribe, escribe! Pues María, tú lo has querido. Así que vuelvo a pasarme por aquí, quién sabe por cuánto tiempo, para trabajar un poco los resortes, que esas cosas se oxidan en cuanto te descuidas.

No sé muy bien de qué hablar, la verdad. Supongo que esto seguirá siendo un batiburrillo de noticias comentadas, reflexiones sacadas de las siempre animadas cenas que tenemos en esta casa y, como no, historias del metro, que por motivos académico-geográficos este curso serán ampliadas o ascendidas a historas del tren.

Bueno, pues hola a los que ya habían pasado por aquí, y hola a los nuevos. Me alegro de veros a todos. Más o menos…

Decíamos ayer…

Decíamos ayer (o hace ya más de dos meses, qué importa) que viajar en metro da mucho de sí. Sobre todo por las mañanas: ese sentimiento infinito de borreguismo que te invade cuando subes junto a quinientas personas más las escaleras mecánicas de la estación de Avenida de América; el milagro de que en un vagón abarrotado hasta el techo aún quepa más gente, en lo que tiene que ser, seguro, una violación de la ley de la impenetrabilidad de los cuerpos; o la sorpresa de que con cuatro personas por metro cuadrado, haya expertos en mirar al infinito y no cruzar sus ojos con nadie.

Mi descubrimiento de hoy ha sido una revelación: esta mañana me he dado cuenta de que los niños son los únicos que sonríen en el metro a esas horas.  Y no suele haber muchos, así que las sonrisas escasean. Pero algunos sí hay. Van con sus madres o las chicas que les cuidan, muchos con sus mini uniformes y casi todos con algún juguete en las manos, que les dan para que no armen mucho escándalo. Van camino del colegio, que es el equivalente a su oficina, y los enanos aún encuentran algún motivo para sonreír. Sospecho que saben algo que nosotros no sabemos…

¿Es mejor el silencio?

A veces es algo superior a ti. Empieza como algo aparentemente inofensivo, va creciendo y creciendo y cuando ves sus dimensiones reales ya lo tienes encima y nada puedes hacer al respecto. Vamos a llamarlos momentos-desastre. Y seguro que todos sabéis a qué me refiero.

Son golpes que vienen sin saber de dónde, lo que los hace especialmente duros. Pero lo peor no es lo que duelen. No. Lo peor es la soberana cara de idiota que se te queda por haberte metido en el hoyo tú solito y sin darte cuenta.

Sin embargo, cuando el río suena… Las cosas que no se dicen se pudren dentro. Yo no defiendo la sinceridad absoluta por encima de todo, es cierto que hay cosas que es mejor callarse. Pero así y todo, los momentos-desastre suelen ser resultado de un problema soterrado y latente, algo que está ahí pero no se dice.

En ese caso, qué es mejor ¿seguir como si no pasase nada o aprovechar que ya estás en faena para limpiar el pantano en el que estás?

Historias del Metro

Un chico que debe rondar los treinta años se sienta al fondo de vagón con los auriculares incrustados en las orejas, y lleva la música tan alta que la oigo a varios metros de distancia. Se va a perforar los tímpanos, o como premio de consolación se llevará a casa un magnífico dolor de cabeza. Lo que más me llama la atención al mirarle, sin embargo, son las zapatillas con velcro que lleva, con las que sigue el ritmo de la canción. Nunca había visto velcros en zapatillas para adultos.

El señor de canas y piel morena lleva orgullosamente un sombrero de paja que no desentonaría en una plantación de café en Colombia, pero sí se hace llamativo en el metro. Cada vez que el tren llega a una estación y se abren las puertas tiene que sujetarlo con firmeza, porque la corriente formada trata una y otra vez de quitárselo.

Tiene espalda de nadador, y no estoy segura porque va sentado, pero se le ve muy alto. Es negro, lleva el pelo con trencitas terminadas en cuentas blancas y anillos dorados casi en cada dedo. Una gruesa cadena de oro sostiene en su cuello un medallón, sobre una camiseta llena de detalles brillantes. Este chico, que no debe pasar de los 25, se pasa el trayecto en el que coincidimos chasqueando la lengua y haciendo gorgoritos con su hijo, un niño que va en la sillita a su lado y que responde con risas y carantoñas a las atenciones de su padre.

¡Albricias!

Albricias, según el diccionario de la RAE, son regalos que se dan a los primeros en dar una buena noticia. Entre exclamaciones, la palabra albricias es una expresión de júbilo y alegría.

Poco me ha durado la paz interior y la calma feliz que me traje del fin de semana pasado en Salamanca, desconectada de casi todo el mundo. Porque estamos a martes y hoy he tenido la prueba de algo: dejadme que os diga, queridos pipiolos como yo, que estamos jodíos. El sistema, que se ha/han/hemos retorcido hasta el límite del contorsionismo, se ríe en nuestras caras y el que hace la norma, hace la trampa.

Así que alégrate por no haber aprobado y seguir siendo estudiante, porque ésa es la única forma de encontrar trabajo. Bueno, trabajo, lo que se dice trabajo, no. Encuentras prácticas. Es decir que no hay contrato, no cotizas y cobras menos por hacer el mismo trabajo. Pero es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Es razonable porque cuando empiezas te das cuenta de que lo que has aprendido en la facultad te da para ganar al Trivial, pero poco más. Así que ala, a currar y a aprender.

Y curras, ¡vaya si curras! Y lo haces encantado, porque estás aprendiendo, con suerte, dentro de un equipo que se esfuerza por enseñarte. Siempre hay alguien que te mira por encima del hombro porque eres un becario. Un becarillo. El último mono, vamos. Pero ésos son los menos, en general te respetan, te animan y te ayudan. Vas ganando confianza y cada vez lo haces mejor.

Eh, pero no te engañes. El sistema es perfectamente redondo y tú no eres el centro. El centro es la empresa. A la empresa le vienes de perlas, sobre todo una vez que has aprendido, pero solo mientras eres barato. Es decir, mientras eres becario. Y solo puedes ser becario mientras hay convenio. Lo que significa que cuando terminas la carrera, por ejemplo, te vas automáticamente fuera. Da igual el tiempo que hayas pasado de becario (gran parte de ese tiempo de manera completamente ilegal) y que en teoría eres el trabajador perfecto,ya que la empresa te ha formado a su gusto: a la calle contigo y que entre otro nuevo.

Ésa no es la única lindeza. No tienes contrato, así que te pueden decir tranquilamente: “Oye, que ya si eso no vengas mañana”. Y tan tranquilos. Pero lo peor, lo peor, lo peor de todo es que no tenemos ningún poder, ninguna fuerza, no hay nada que podamos hacer. Bueno, podemos rezar por tener suerte, si es que crees que Dios, Budha o el Karma tienen algo que decir en este tema. Si a alguno le funciona, que avise.

Aquí es cuando un compañero algo mayor, con más experiencia, te recomienda resignarte, trabajar duro y aguantar. Bueno, pues muy bien: me resigno, trabajo duro y me aguanto. Pero QUE CONSTE QUE ME PARECE UNA INJUSTICIA.

Lo dicho, ¡albricias!

Lo esencial es invisible a los ojos

Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan, para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan a nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

(Post-fragmento de El Principito, inspirado por un paseo en Salamanca)